Ruido y espuma... nada más

Ruido y espuma... nada más
"Es un liderato que se alimenta de la confrontación, que necesita enemigos para existir, que requiere constantemente reafirmar su autoridad mediante el menosprecio a quienes le cuestionan".

La carrera política de Thomas Rivera Schatz es, en esencia, la historia de cómo un partido construye a un líder, y cómo ese líder, una vez instalado en la cúspide, moldea el aparato institucional a su imagen y semejanza. Desde sus primeros pasos en el Partido Nuevo Progresista, Rivera Schatz se distinguió no por una visión política amplia ni por una capacidad extraordinaria de negociación, sino por un estilo confrontacional que fue premiado dentro de una estructura partidista que confunde agresividad con fortaleza y disciplina con obediencia. Su ascenso no fue producto de un proyecto ideológico, sino de una práctica constante de acumulación de poder, de control de espacios internos y de la creación de una cultura legislativa donde la fuerza retórica sustituye el debate y donde la intimidación se convierte en herramienta de gobernanza.

A lo largo de su trayectoria, Rivera Schatz ha cultivado una imagen de líder fuerte, implacable, seguro de sí mismo, capaz de dominar el hemiciclo con una sola frase. Pero esa imagen, repetida y amplificada por años, es más un artificio que una realidad. Su poder descansa en la estructura que lo sostiene, no en la legitimidad que produce.

Es un liderato que se alimenta de la confrontación, que necesita enemigos para existir, que requiere constantemente reafirmar su autoridad mediante el menosprecio de quienes le cuestionan. Por eso, cuando enfrenta oposición, su reacción no es argumentar, sino descalificar. El ejemplo más reciente lo evidencia con claridad: al defender su proyecto sustitutivo para agilizar permisos, optó por llamar “vagos” a quienes lo cuestionan. No explicó por qué el proyecto es necesario, no articuló cómo se protegerán las comunidades, no detalló cómo se evitará que la “agilización” se convierta en una puerta abierta para la corrupción o el desorden urbano. Prefirió insultar.

Ese proyecto, presentado como una solución técnica, es en realidad una pieza profundamente política. Implica una reconfiguración del proceso de permisos que reduce la capacidad de fiscalización ciudadana, acelera la toma de decisiones sin garantizar transparencia y concentra poder en manos de quienes ya lo ejercen sin contrapesos suficientes. Para el país, esto significa menos participación, menos control comunitario, menos protección ambiental y más discreción administrativa. Es una medida que favorece a los sectores que pueden moverse rápido, que tienen recursos, que conocen el sistema desde adentro. Y es precisamente en ese diseño donde se revela la naturaleza del liderato de Rivera Schatz: un poder que se ejerce desde arriba, que no escucha, que no dialoga, que no reconoce la legitimidad de la crítica. Un poder que necesita descalificar para avanzar.

En la literatura, hay personajes que encarnan este tipo de autoridad: líderes que parecen fuertes, pero cuya fuerza depende del miedo que generan. Jack Merridew, en El señor de las moscas, es uno de ellos. Jack domina porque grita, porque humilla, porque convierte la violencia en espectáculo. Pero su liderazgo es frágil. No se sostiene en principios, sino en la intimidación. No se sostiene en respeto, sino en la capacidad de aplastar al otro. Cuando alguien lo confronta sin miedo, su poder se deshace. Jack es el líder que necesita demostrar constantemente que manda, porque en el fondo sabe que su autoridad no proviene de la razón, sino del temor. Su falta de humanidad y empatía no es fortaleza: es evidencia de su incapacidad para liderar sin recurrir al abuso.

La comparación no es caprichosa. Rivera Schatz, como Jack, ha construido un liderato que depende de la confrontación y del miedo. Es un liderato de papel. Al menor aguacero —cuando la ciudadanía exige transparencia, cuando la prensa investiga, cuando las comunidades reclaman participación, cuando los tribunales intervienen— ese poder se moja, se arruga y se deshace. No porque el líder carezca de voz, sino porque carece de sustancia.

La historia política de Rivera Schatz no es la historia de un estadista, sino la historia de un hombre que aprendió a usar el poder como arma y que nunca entendió que el verdadero liderazgo se mide por la capacidad de escuchar, de dialogar, de construir. Su carrera es un recordatorio de que el abuso de poder no es señal de fortaleza, sino de miedo. Y que los líderes que gobiernan desde la intimidación terminan revelando, tarde o temprano, que detrás del estruendo solo hay eso: ruido, espuma y nada más.


Sobre Daisy Sánchez
Daisy Sánchez

Su labor profesional en el campo del periodismo y la investigación le han merecido varios reconocimientos. Dos de sus libros han sido premiados: "Cita con la Injusticia" y "La que te llama vida: In?


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