Más que un espectáculo: Bad Bunny, amor colectivo y la afirmación de Puerto Rico

Más que un espectáculo: Bad Bunny, amor colectivo y la afirmación de Puerto Rico
La presentación de Bad Bunny mostró cómo el arte puede expresar varias verdades simultáneamente.

Cuando Bad Bunny actuó en el medio tiempo del Super Bowl LX el domingo 8 de febrero de 2026, ese momento tuvo un significado que trascendió lo musical. El Super Bowl no solo es el evento deportivo más popular en Estados Unidos; también es un escenario cultural que muestra quiénes son visibles, quiénes reciben reconocimiento y qué historias se consideran dignas de ser contadas. En ese espacio, Bad Bunny (conocido por su nombre Benito Antonio Martínez Ocasio) no se limitó a cantar: transmitió un mensaje claro sobre identidad, dignidad, amor y pertenencia, profundamente arraigado en la historia y la cultura del pueblo puertorriqueño.

Ser el primer artista latino en actuar en solitario y cantar principalmente en español durante el medio tiempo del Super Bowl fue tanto una decisión artística como una afirmación política. Para el público puertorriqueño, especialmente quienes conocen la historia colonial de la Isla, la actuación evocó luchas prolongadas por el reconocimiento, el respeto y la autodeterminación. Sin embargo, el tono del espectáculo no fue de confrontación ni de exclusión. Al contrario, Bad Bunny expresó su mensaje desde el amor, la comunidad y la inclusión, valores que reflejan aspiraciones humanas universales.

A lo largo de su trayectoria, Bad Bunny ha empleado su música, sus visuales y su imagen pública para dialogar con la realidad social, cultural e histórica de Puerto Rico. Su último álbum, Debí Tirar Más Fotos (DtMF), profundiza en temas como la memoria, la pérdida, el orgullo y la identidad nacional, abordándolos desde una perspectiva tanto personal como colectiva. En el Super Bowl, estos temas se plasmaron en una experiencia visual y sonora que fusionó celebración y reflexión. Los ritmos, el idioma, los símbolos y la estética puertorriqueña no aparecieron como meros adornos exóticos, sino como expresiones genuinas de una cultura dinámica, coherente y segura de sí misma.

Uno de los aspectos más impactantes del espectáculo fue la destacada presencia de la bandera puertorriqueña. Para algunos espectadores, fue solo un gesto patriótico; para otros, especialmente quienes conocen la historia de la represión política en Puerto Rico, ese símbolo tiene un significado mucho más profundo. Durante gran parte del siglo XX, el nacionalismo puertorriqueño fue criminalizado por las leyes coloniales de Estados Unidos. La Ley 53 de 1948, conocida como la Ley de la Mordaza, prohibía defender la independencia, cantar el himno nacional (La Borinqueña), portar la bandera puertorriqueña o expresar ideas nacionalistas y patrióticas, con severas penas de cárcel y multas. En ese contexto, ver la bandera nacional - incluida la versión azul celeste vinculada al independentismo - en un escenario tan visible en el mundo representa un acto de memoria, afirmación, patriotismo y resistencia.

El mensaje de Bad Bunny no solo abordó agravios históricos; durante su actuación, el amor fue el tema central: el amor romántico, el comunitario, el por la tierra y por su gente. Sus letras y gestos destacaron la empatía y la inclusión como valores fundamentales. Este aspecto emocional es crucial, ya que muestra que defender la identidad nacional puertorriqueña no significa excluir a otros, sino reivindicar el derecho a existir, convivir y expresarse con honestidad y sin miedo.

Este énfasis en el amor es especialmente importante en los debates sobre el estatus político de Puerto Rico. Muchas veces, estas discusiones se reducen a categorías legales o administrativas: territorio o estado, estadounidense o extranjero. Estas simplificaciones pasan por alto las dimensiones emocionales, culturales e históricas de un pueblo cuya identidad nacional se formó mucho antes de la llegada de Estados Unidos al Caribe.

La ciudadanía estadounidense fue impuesta a los puertorriqueños en 1917 mediante un acto unilateral del Congreso, sin plebiscito ni consentimiento. Tres años antes, en 1914, la Cámara de Delegados de Puerto Rico, liderada por el patriota José De Diego, rechazó formalmente esa ciudadanía estadounidense y exigió la independencia, una decisión que Washington, en su afán colonialista, simplemente ignoró. Sin embargo, la imposición de la ciudadanía estadounidense no eliminó el idioma español, ni la cultura, ni la identidad, ni el sentido de nación del pueblo puertorriqueño.

Al cantar en español ante una audiencia global de millones, Bad Bunny desafió las ideas preestablecidas sobre la asimilación. En Estados Unidos, el idioma ha sido históricamente un símbolo de pertenencia, donde el inglés domina como norma y requisito, mientras que el español ha sido asociado a lo foráneo y lo diferente. La decisión de Bad Bunny de no traducir ni suavizar su mensaje fue una declaración firme: la cultura puertorriqueña no necesita permiso ni validación externa para ser considerada legítima, grande y poderosa a nivel mundial. Además, esta selección fue una invitación a escuchar, sentir y reconocer la humanidad compartida, más allá de las barreras del idioma.

La participación de Ricky Martin fortaleció este mensaje, especialmente cuando cantó la canción “Lo Que Le Pasó a Hawai’i” - sobre el deseo de que Puerto Rico no fuera anexado y destruido por los Estados Unidos, como le ocurrió al pueblo hawaiano. Su presencia representó un vínculo entre generaciones y estilos, destacando el carácter colectivo de la cultura puertorriqueña. Ambos demostraron que la identidad nacional puertorriqueña es diversa, plural y dinámica, sin limitarse a una sola postura política, pero unida por una historia compartida y un respeto mutuo.

Las reacciones al espectáculo evidenciaron tensiones persistentes en la sociedad estadounidense. Algunos cuestionaron la “idoneidad” de Bad Bunny para actuar en el Super Bowl o interpretaron su presentación desde una perspectiva limitada del racismo y del supremacismo estadounidenses. Otros, en cambio, celebraron el espectáculo como una expresión poderosa de diversidad, inclusión y verdad histórica. Para muchos espectadores estadounidenses poco familiarizados con la historia de Puerto Rico, el espectáculo del medio tiempo fue una introducción a una realidad más compleja. Invitó a mirar más allá de las etiquetas simples y a percibir a Puerto Rico no solo como un paisaje tropical o un símbolo político, sino como una nación latinoamericana y caribeña con historia, cultura, identidad y aspiraciones propias, vinculada a Estados Unidos solo por la fuerza colonial, pero no definida por él.

La presentación de Bad Bunny mostró cómo el arte puede expresar varias verdades simultáneamente. Fue alegre y seria, íntima y colectiva, festiva y reflexiva. Al combinar el amor y la inclusión con símbolos de orgullo nacional y de resistencia puertorriqueña, recordó que afirmar nuestra identidad no divide, sino que la dignifica. Propuso una noción de pertenencia basada en el respeto, el reconocimiento histórico y la defensa de la dignidad de un pueblo que continúa construyendo su futuro con voz propia.


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Sobre Javier A. Hernandez
Javier A. Hernandez

Javier A. Hernández es un autor, escritor, empresario, asesor y defensor de la soberanía y la descolonización puertorriqueño radicado en Nueva Jersey y Puerto Rico.


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