Los ritos

Los ritos

Me corté esta semana un dedo y el vendaje no me permitía escribir. Que eso sirva de excusa a quienes me escribieron preguntándome por la viñeta de la semana pasada cuyo espacio fue ocupado por una previamente publicada. Este accidente doméstico trajo a mi memoria los remedios caseros que aplicaba mi mamá a sus hijos cuando algo así ocurría.

En una esquina del armario siempre había agua oxigenada, yodo y curitas. A eso se le añadía un  besito y una oración para que la herida sanara pronto. Nosotros teníamos la profunda convicción que los besos de mi mamá y la breve oración a sus santos surtían la magia de la curación. Lo demás sólo era para desinfectar.

Así de simple era la vida en una casa en la que el sincretismo religioso era la norma y la mayor deidad era nuestra madre, bautizada en la pila como Juana pero a la que siempre se le conoció como Gloria por un capricho materno que le costó mucho dinero en abogados una vez se descubrió el acta de bautismo.

Gloria era una mujer de profundas convicciones religiosas… a su manera. Para ella la devoción consistía en tener de su lado en los momentos difíciles a todos los santos y dioses que pudieran encausar por buen camino sus plegarias que en la mayoría de los casos nos involucraban, porque mami sólo rogaba por sus hijos y los seres más queridos “para no ocupar mucho a los santos con esfuerzos para los que ella no necesitaba ayuda celestial.”

Así la vida hogareña transcurría entre diosas del amor, santos de lo imposible, vírgenes para el consuelo, la furia del algún dios bravo, la protección de otros para que nos librara del pecado, los espíritus que traían noticias del más allá, una ofrenda para desagraviar a los ofendidos, una virgen bendecida colgada del cuello y una cadenita con un puñito negro en la muñeca del recién llegado para espantar el mal de ojos.

Mami tenía un rito para todo. Se besaba el pan antes de echarlo a la basura, se bendecía la comida, se oraba antes de acostarnos y durante un breve tiempo fuimos a la misa de los domingos cosa que logró mediante soborno. A mi hermana y a mi nos compró unas mantillas hermosas que queríamos lucir y a mi hermano un librito de oraciones con portada de nácar para que pudiera seguir el culto.

No se maldecía ni se jugaba con cuchillos porque eso eran cosas del diablo. Prendía velas a sus muertos y santos para que obraran lo imposible. Creía que los dioses le revelaban el futuro a través de sus sueños, así que no importaba cuanto suplicáramos si soñaba con hojas cayendo no saldríamos de la casa ese día. El agua traía llanto, los caminos sinuosos y oscuros avisaban sorpresas y las aves visitas inesperadas.

Esa amalgama espiritual hacía de mi madre una mujer maravillosa y entretenida. Eso la salvó de sus tristezas y a nosotros de un hogar convulso, de una pesadilla que pudo echar a perder una infancia que ella rodeo de magia y alegría.


Sobre Daisy Sánchez
Daisy Sánchez

Su labor profesional en el campo del periodismo y la investigación le han merecido varios reconocimientos. Dos de sus libros han sido premiados: "Cita con la Injusticia" y "La que te llama vida: In?


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