Lo que le pasó a Hawái y el espejo en que debe mirarse Puerto Rico
La narrativa oficial en los Estados Unidos suele presentar la anexión de sus territorios como un proceso democrático, natural y alegre. En Puerto Rico, los sectores asimilistas han promovido y defendido esta visión durante años, presentando la estadidad como la solución definitiva a nuestras dificultades económicas. Sin embargo, la historia revela una realidad mucho más oscura. Para comprender el peligro que enfrenta nuestra nación caribeña, es necesario dejar al lado el velo colonial y examinar con detenimiento un caso preocupante: lo que realmente le sucedió a Hawái.
El 28 de julio de 1959, en el archipiélago del Pacífico, se realizó el plebiscito sobre la "Estadidad: Sí o No". Los libros de texto escolares, que comúnmente se repiten en los círculos políticos, afirman que la población hawaiana votó mayoritariamente a favor de convertirse en el estado número 50 de la Unión, con 132,938 votos a favor y solo 7,971 en contra. En cifras, una victoria clara. Pero en la historia real fue un fraude democrático y un despojo colonial, llevado a cabo bajo la apariencia de la legalidad estadounidense.
Para la fecha de la consulta, la población total de Hawái ascendía a 632,772 habitantes, de los cuales 442,940 eran adultos en edad de votar. No obstante, la gran mayoría de los hawaianos originarios (es decir, los hawaianos nativos) seguían considerándose ciudadanos del Reino de Hawái; no habían aceptado la ciudadanía estadounidense que Washington pretendía imponerles tras el derrocamiento ilegal de su monarquía en 1893. El gobierno federal, actuando de manera maquiavélica como árbitro y como comisión electoral, dictaminó una regla letal: para votar en el plebiscito era obligatorio ser ciudadano estadounidense.
Con un solo acto legal, casi 400,000 hawaianos adulos quedaron descalificados y privados de decidir sobre su tierra. Mientras tanto, el gobierno de EE. UU. permitió que votaran los 56,303 militares en Honolulu y sus cónyuges, además de impulsar activamente una campaña institucional para que votaran por el "Sí". Es decir, bajo las reglas federales, miles de hawaianos nativos no podían participar y votar en el plebiscito sobre el destino de su país ocupado, pero los estadounidenses residentes en Hawái y cualquier militar que se encontraba estacionado en Hawái sí pudieron participar en el plebiscito y, como un milagro, ganó la estadidad. Así funciona la “democracia” estadounidense cuando decide despojar a una nación entera de su tierra.
Los resultados reflejan la voluntad de las fuerzas de ocupación y sus familias, no la del pueblo hawaiano. Solo tres semanas después, el 21 de agosto de 1959, Hawái fue oficialmente declarado estado de EE. UU. en un proceso rápido y controversial. La injusticia fue tan evidente que en 1993 el presidente Bill Clinton firmó la Ley Pública 103-150, conocida como la “Resolución de Disculpas a los Hawaianos”, un reconocimiento bipartidista de este acto de anexión.
Hoy, la advertencia que se escucha en la cultura popular, especialmente en expresiones artísticas como la música de Bad Bunny y su referencia a “lo que le pasó a Hawái”, cobra una importancia clave para Puerto Rico. Frente al fracaso de asimilar la identidad puertorriqueña y al crecimiento evidente del movimiento soberanista y de liberación nacional, las fuerzas colonialistas del territorio - representadas por el Partido Nuevo Progresista (PNP) y el Partido Popular Democrático (PPD) - buscan profundizar la dependencia, la pobreza y el desplazamiento para lograr, por medio de la fuerza demográfica, lo que no han conseguido mediante el consentimiento cultural.
El espejo de Hawái refleja nuestro posible futuro si seguimos en la misma dirección. Hoy, los nativos hawaianos son una minoría indigente en su propia tierra, que está ocupada. La expansión descontrolada del turismo y un mercado inmobiliario de lujo, dirigido a millonarios extranjeros, hacen que miles de hawaianos vivan en casetas en las playas de su propio país. Además, muchos se ven obligados a emigrar en masa a los Estados Unidos continentales solo para sobrevivir. Se ha desarrollado una diáspora hawaiana, similar a la de Puerto Rico.
No podemos permitir que este desplazamiento y la gentrificación étnica y cultural se consoliden en nuestro archipiélago. El plan de los sectores arrodillados y colonizados es idéntico: empobrecer al puertorriqueño mediante la destrucción de los servicios públicos, la privatización de los recursos esenciales y el otorgamiento de privilegios contributivos a inversionistas extranjeros, empujando a nuestra gente no a la yola, sino al avión de la emigración forzada para luego suplantar nuestra población por votantes ajenos a nuestra idiosincrasia que sellen la entrega del país.
Hemos visto varias situaciones con estadounidenses racistas en Puerto Rico que no solo insultan nuestro país y nuestra cultura, sino que también cometen actos racistas contra nuestro pueblo y exigen a nuestros familiares que “speak English” en nuestra patria. Estos americanos permanecen entre sí en sus comunidades, no aprenden español, envían a sus hijos a escuelas americanas y consideran a los boricuas una raza inferior, destinada solo a traerles martinis.
La única manera de salvar a Puerto Rico de esta destrucción cultural y social es lograr la soberanía y la libertad. Necesitamos un Puerto Rico para los puertorriqueños, donde podamos gobernar nuestra nación con dignidad, integrados en el mundo como iguales, libres de la amenaza constante de desaparecer.
Para defender nuestra patria, la indignación debe convertirse en una estrategia organizada. El movimiento a favor de la soberanía nacional debe apoyarse activamente en las urnas y en las calles. Es crucial promover el cooperativismo y la compra y el desarrollo de tierras por parte de puertorriqueños. También debemos llamar e incentivar a nuestra diáspora a regresar: a comprar tierras y hogares, a abrir negocios y a reinvertir en su tierra natal. Asimismo, es un deber crear un entorno social, legislativo y económico poco acogedor e incómodo para los colonizadores y especuladores que intentan despojarnos. Hay que dejarles saber que no son bienvenidos.
Algunos, atrapados en la ignorancia colonial o en el fanatismo político, prefieren cerrar los ojos ante hechos históricos irrefutables. Sus comentarios defensivos solo reflejan la carga psicológica de la subordinación colonial que tanto abrazan y aman. Sin embargo, la educación sigue siendo la mejor arma contra la asimilación. Comprender en profundidad la tragedia del pueblo hawaiano no es un acto de nostalgia, sino una estrategia urgente para proteger el futuro, la libertad y la supervivencia de la nación puertorriqueña.
Sobre Javier A. Hernandez
Javier A. Hernández es un autor, escritor, empresario, asesor y defensor de la soberanía y la descolonización puertorriqueño radicado en Nueva Jersey y Puerto Rico.
Únete a nuestra comunidad y apoya a PRTQ
Para continuar haciendo nuestra labor de forma económicamente sustentable, contamos con las contribuciones de nuestra membresía.
Por tan solo $5 al mes, nuestra membresía recibe un email mensual con un resumen de todos los artículos que publicamos ese mes, y tiene la habilidad de dejar comentarios en los artículos en nuestra página web y participar así de la conversación que generen nuestros y nuestras autores y autoras.
Comments ()