Lo común estalla con Benito

Lo común estalla con Benito
"Su legado no depende de la fama, sino de la grieta que abrió".

Bad Bunny no apareció en el mundo como un cometa ni como un accidente del algoritmo. Llegó como llegan las mareas: empujado por fuerzas profundas que ya estaban allí, invisibles para quienes solo miran la superficie. Su ascenso no es un misterio, es una consecuencia. Una consecuencia cultural, política y emocional de un tiempo en el que lo común —que siempre estuvo al margen— decidió ocupar el centro.

Raymond Williams, filósofo galés que entendió la cultura como quien entiende el pulso de un cuerpo vivo, escribió una frase que parece escrita para explicar este fenómeno: “La cultura es ordinaria”. No sublime, no exclusiva, no reservada para vitrinas. Ordinaria. Hecha de lo que la gente vive cuando nadie la mira. Y quizá por eso Bad Bunny se volvió inevitable: porque lo ordinario llevaba demasiado tiempo esperando su turno.

Benito no inventó nada. Lo que hizo fue escuchar. Escuchar el murmullo del barrio, el cansancio del tapón, la risa rota de la esquina, el deseo que no cabe en los moldes, la rabia que se hereda, la ternura que se esconde. Escuchó lo que siempre estuvo ahí, respirando bajito, y lo amplificó hasta que el mundo tuvo que prestarle atención. Su éxito global no es un milagro, es la consecuencia natural de un pueblo que, por fin, se vio reflejado sin filtros.

Otros artistas excepcionales hicieron lo mismo en su tiempo. Bob Marley convirtió la resistencia en un rezo que cruzó océanos. Nina Simone transformó la furia en un piano que aún tiembla. Héctor Lavoe hizo de la calle un poema que nadie ha podido borrar. Kurt Cobain convirtió la fragilidad en un grito generacional. Björk hizo de lo extraño un hogar. Todos ellos, como Benito, fueron portales: abrieron un espacio donde quienes no cabían encontraron un lugar para existir.

Pero lo de Bad Bunny tiene un matiz distinto. No solo canta para los márgenes: canta desde ellos. No traduce su acento para hacerlo aceptable. No pule su identidad para que encaje en vitrinas ajenas. No pide permiso para ser. Y esa desobediencia estética es profundamente política. Porque cuando alguien se atreve a existir sin pedir disculpas, otros descubren que también pueden hacerlo.

Williams decía que la cultura no es un adorno, sino una forma de vida. Y Benito convirtió esa forma de vida en un fenómeno global. Lo que antes era motivo de burla o exotización —el acento, la jerga, el perreo, la irreverencia, la mezcla de rabia y dulzura— se volvió centro, se volvió norma, se volvió orgullo. Lo que antes era “demasiado boricua” se volvió universal. Lo que antes era “muy de la calle” se volvió historia.

La pregunta que muchos se hacen —si su éxito será pasajero o histórico— revela más sobre quienes la formulan que sobre él. Lo pasajero es lo que no deja huella. Lo histórico es lo que cambia la forma en que la gente común se mira a sí misma. Y Benito ya cambió eso. Cambió quién puede ocupar el centro. Cambió qué cuerpos pueden bailar sin miedo. Cambió qué historias merecen ser contadas. Cambió qué luchas pueden hacerse visibles.

Su legado no depende de la fama, sino de la grieta que abrió. Una grieta luminosa por donde lo común —lo que siempre estuvo ahí, respirando a medias— finalmente estalla. Y cuando lo común estalla, nada vuelve a ser igual.

Bad Bunny no es un héroe ni un mesías. Es un síntoma de que la cultura, esa que nace en las manos de la gente y no en los salones de poder, decidió reclamar su lugar. Y mientras haya alguien que escuche una canción suya y sienta que, por un instante, el mundo le hace espacio, Benito seguirá siendo histórico.


Sobre Daisy Sánchez
Daisy Sánchez

Su labor profesional en el campo del periodismo y la investigación le han merecido varios reconocimientos. Dos de sus libros han sido premiados: "Cita con la Injusticia" y "La que te llama vida: In?


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