¡Las nubes no tienen la culpa!

¡Las nubes no tienen la culpa!
El racionamiento no es el resultado directo de la sequía. Las nubes no son responsables de los errores en el manejo del recurso agua.

¿Por qué un racionamiento ahora, cuando tenemos menos población y un aumento en las fuentes de abasto de agua desde el 2000? El racionamiento no es el resultado directo de la sequía. Las nubes no son responsables de los errores en el manejo del recurso agua, tampoco tienen la culpa de la falta de mantenimiento de la infraestructura de la Autoridad de Acueductos y Alcantarillados (AAA).

Conviene recordar que la construcción del Superacueducto de la Costa Norte, luego de la sequía de 1994-95, se nos vendió con la promesa de que éste evitaría los racionamientos de agua en el Área Metropolitana de San Juan, aún en periodo de sequía extrema. Su puesta en operación significó un aumento de 100 millones de galones diarios (mgd) de agua. Pero, la promesa fue destrozada por la próxima sequía, la del 2015.

La AAA es la agencia que abastece la mayor parte de la demanda de agua potable a los distintos sectores del País. Los datos de la Autoridad indican que la demanda de agua asciende a cerca de 200 mgd. Sin embargo, para atenderla, la Autoridad tiene que producir 513 mgd. ¿Por qué esa diferencia enorme entre demanda y producción? Hay cuatro razones principales que son además las responsables del racionamiento.

PRIMERO, los embalses se diseñan y se construyen para que el agua esté disponible, precisamente en momentos de sequía extrema, pero no se puede exceder su capacidad de diseño. El problema surge por las deficiencias en el sistema de distribución de la AAA. Esa infraestructura arrastra un mal endémico de pérdidas físicas, estimadas recientemente en cerca de 52 por ciento, equivalente a 267 mgd. Es decir, para atender la demanda de agua la Autoridad tiene que producir el doble. Esa extracción adicional (246 millones mgd) se hace excediendo la capacidad o el rendimiento seguro de los embalses, acuíferos y tomas de agua. Un buen ejemplo es el embalse de Carraízo. Su rendimiento seguro es 63 mgd, sin embargo, se le extraen 90 mgd. No tiene que haber sequía, con tan solo una merma en la precipitación de varias semanas los niveles de los embalses bajan dramáticamente. Como resultado, la confiabilidad del sistema de abasto se va al piso y el racionamiento se asoma inmediatamente.

Es obvio que reducir las pérdidas es asunto prioritario. Así lo estableció el Plan Integral de Recurso Agua (PIRA), preparado por el Departamento de Recursos Naturales y Ambientales (DRNA) y firmado por el gobernador en el 2016. Entonces, el PIRA destacaba que reducir las pérdidas a un 33%, significaría que la extracción de agua, en el caso de los embalses de Carraízo y La Plata, estaría a tono con su rendimiento seguro, lo que supondría que no sería necesario el racionamiento aún en condiciones de sequía. Pero, lamentablemente, luego de 11 años, poco se ha avanzado y ayer, hoy y mañana las pérdidas de agua serán el equivalente a 4 embalses Carraízo.

De lo anterior se puede concluir que, de poco sirve construir nuevos embalses y fuentes de abastos si el 52% de su extracción se va a perder. Ni hablar de lo costoso que eso significaría para un gobierno en condiciones financieras críticas.

LA SEGUNDA razón es la pérdida de capacidad de los embalses debido a la sedimentación. La falta de rigor en la implantación de las reglamentaciones protectoras de las cuencas hidrográficas y de las áreas de captación de los acuíferos ha permitido actividades de construcción, deforestación y de extracción de material de la corteza terrestre en las áreas más susceptibles a la erosión. Esto provoca que la sedimentación crezca con cada evento fuerte de lluvia y Carraízo, nuevamente, es un buen ejemplo. Los efectos del dragado que se hizo en 1998, a un costo de $60 millones, se desvanecieron pocos años después. Y lo mismo va a ocurrir con el dragado reciente (aún más costoso).

LA TERCERA tiene que ver con las agencias a cargo de otorgar permisos. Si se sabe cuál es el rendimiento seguro de los embalses, entonces, por qué se dan permisos de uso de agua por encima de esa capacidad. Inexplicablemente, la propia AAA endosó (y endosa) permisos que exceden el rendimiento seguro del sistema de agua del que se serviría la actividad solicitada. La situación pinta peor, pues los sectores económicos vinculados a la industria de la construcción andan en una cruzada desbocada para desmantelar lo que queda de los procesos de planificación, como el Plan de Uso de Terrenos, y con ello dar rienda suelta a la otorgación de permisos sin importar el costo ambiental, económico y social. En consecuencia, las áreas críticas de las cuencas hidrográficas y de recarga de los acuíferos están en jaque, comprometiendo la capacidad de las fuentes de abasto de agua.

UNA CUARTA RAZÓN no puede escaparse. Tal como fue anticipado en estudios realizados desde la década del ochenta, el desparrame urbano y el uso ineficiente del territorio ha provocado un manejo insostenible de los recursos. En cuanto al agua, el desparrame urbano ha traído consigo una mayor extensión de la infraestructura (tuberías, tanques, estaciones de bombeo) que requieren llenarse de agua y buen mantenimiento. En consecuencia, aumenta la vulnerabilidad a roturas y reparaciones.

Atender estos asuntos requieren voluntad política y compromiso con el presente y futuro del País. De esas cualidades, las pasadas administraciones de gobierno han hecho gala de una enrome sequía y de una irresponsabilidad criminal ante la posibilidad de una mayor frecuencia de sequías extremas, como resultado del Calentamiento del Planeta.


Sobre José E. Rivera Santana


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