La pequeña proeza de todos los días

La pequeña proeza de todos los días

Antes de que concluya esta inusual celebración de la Semana de la Prensa, en medio de una pandemia y con el alejamiento social como estricta medida para rehuir el contagio, quiero felicitar a quienes todos los días se esfuerzan en hacer su trabajo más allá de los maltratos de los funcionarios gubernamentales, las críticas mordaces y muchas veces injustas, del público al que se esfuerzan en mantener informados y las cada vez peores condiciones laborales.

Si algo tenemos los periodistas son historias para contar, nos sobran, pero son pocos quienes las dejan por escrito. El gremio de fotoperiodistas es parte de ese grupo del que siempre vemos el producto de su trabajo pero desconocemos el esfuerzo que tomó alcanzarlo. La siguiente historia es una de ellas.

El 17 de septiembre de 1989 la tormenta que todos esperaban ese día se retrasó. Se requedó 24 horas más engordando sus vientos y fuerza ciclónica por el Caribe para llegar a nuestras costas como huracán categoría cuatro. Desde la orilla observábamos con terror como seguía su trayectoria firme hacia nosotros dejando a su paso muerte y desolación entre nuestros vecinos caribeños.

En Puerto Rico, muchos aprovecharon el retraso huracanado para hacer compras que dejaron para último momento, confiados en que mantendríamos el récord de 33 años sin tormentas, una racha de suerte que el huracán Hugo rompería en mil pedazos. Una generación ingenua estaba a punto de chocar de la peor manera con la realidad que hasta ese momento sólo existía en los cuentos de los abuelos y el lejano recuerdo de nuestros padres. A partir de ese momento Hugo se convirtió para mi generación en una evocación del desastre, eso hasta que llegó María en septiembre de 2017 con toda su devastación convirtiéndose en la peor pesadilla para la generación de mis hijos.

La espera de Hugo es el escenario que rodea esta historia, porque mi crónica no es sobre esa bestia de la naturaleza. Se trata de Dennis Rivera Bello, uno de la centena de valientes fotoperiodistas con que cuenta Puerto Rico para registrar su historia y dejar constancia visual de esa realidad de la que no sin razón a veces ponemos en duda. Aquí hago una disgregación para mencionar a otro fotoperiodista, Ismaelito Fernández, quien se ganó el respeto de sus pares por su excelente trabajo y el amor de todos por la solidaridad que siempre le caracterizó.

Ismael hizo suyo un adagio chino que según el rastro histórico se utilizó en este lado del mundo por primera vez por el escritor y editor de periódicos norteamericano Arthur Brisbane. No faltaba ocasión en que nuestro amigo soltara la frase “una imagen vale más que mil palabras” para reclamar el valor que tiene el trabajo de fotoperiodistas en este oficio. Claro, en nuestro caso, le hablaba a conversos porque entre nosotros no  se dudaba de la importancia de su trabajo en el periodismo. Pero además de la relevancia de su trabajo hay quienes destacan por su curiosidad, algún grado de insensatez y de valentía. Dennis, compañero de mil coberturas, es uno de ellos.

Como parte del plan de emergencia para la cobertura del primer fenómeno atmosférico de envergadura, “la Jefa” como siempre llamamos a la directora del departamento de noticias, Linda Hernández,  cambió el turno de todos los que estaríamos trabajando en la calle y se amplió el horario de transmisión. Se adquirieron compromisos económicos que la impuntualidad de Hugo estaba a punto de echar por tierra y provocar el caos en el departamento de ventas. No había material para transmitir y había que buscar hasta debajo de las piedras. En esa tarea se encontraba Dennis la madrugada del 18 de septiembre camino al sector Bechara del barrio Puerto Nuevo, en la trastienda de la avenida Kennedy.

Las inundaciones en ese sector eran legendarias. Cuatro gotas de agua provocaban en cuestión de segundos el desbordamiento del caño que la circundaba, pero las familias que habían echado raíces en ese lugar se negaban a abandonarlo a pesar de los riesgos permanentes que sus hogares y su propia vida corrían porque estaban seguros de que la suerte estaba del lado de los boricuas…¡una vez más!

Aprovechando el retraso de la tormenta, el alcalde Héctor Luis Acevedo anunció un último intento por convencerlos de que abandonaran el lugar antes de que las fuertes lluvias que se esperaban inundaran el área. Pero la mala reputación que precede a los políticos prevaleció a la sensatez y la precaución. Ni el “por si acaso” que siempre levantamos en la periferia de nuestras vidas los entusiasmó a abandonar el lugar.

Dennis, cuya tarea era grabar a los vecinos sentados en sus balcones esperando la tormenta, se adentró por la pequeña carretera que llegaba hasta la barriada. Una vía estrecha y solitaria a cuyos extremos se apiñaba la basura de los que a falta de diligencia y civismo la abandonaban en el lugar por no enfentar la burocracia del vertedero cercano, donde se les pide prueba de residencia en el área metropolitana y un costo por dejar sus desechos en el lugar. Neveras y estufas que revelaban, por el asalto del moho, el tiempo en que fueron tiradas en el lugar, ropa, muebles y un sofá que algún día ocupó orgulloso el espacio principal de una sala. Desechos de la vida doméstica de algún hogar arrojados a la orilla del camino.

Contrario a otras ocasiones Dennis guiaba sin prisa. Llevaba toda la noche de ronda y se había adelantado al grupo del municipio. Lo acompañaba una brisa suave y fría de esas que se le mete a uno por la espalda hasta el cogote anunciando las nuevas del mal tiempo que está por llegar.

Iba pasando revista de las curiosidades que son capaces de tirar las personas porque Dennis es así, buscando siempre algo que no se le ha perdido pero siempre lo encuentra. Esta vez su exploración visual le llevó a fijar la vista en un auto abandonado. Desde la carretera sólo se podía ver el parachoques delantero apuntando hacia el cielo. El resto se encontraba metido en una zanja en medio de la basura.

“Me extrañó porque de lejos parecía nuevo y eso no me hizo sentido”, recordó Dennis cuando contó su aventura.

El que se detuviera esa mañana en medio de la nada para investigar qué hacía un auto nuevo abandonado en ese lugar no nos sorprendió a ninguno y tampoco había espacio para la crítica porque en algún momento todos habíamos actuado igual.

Dennis contó que condujo su vehículo hasta donde se encontraba el Cutlass Supreme de un color claro que ya no podía precisar.

“Lo que sí recuerdo es que sus interiores eran blancos, me parecieron algo taki, y ví que el asiento del conductor estaba lleno de sangre”, dijo.

Para cualquier otro ser humano ese era el momento de salir del lugar cuanto antes, pero él hizo todo lo contrario. Se bajó de su vehículo y caminó alrededor del auto abandonado observando con detenimiento por todos lados.

“Me acerque por el baúl y ahí también ví sangre”, recordó.

Entonces ocurrió lo inesperado. Varios golpes provenientes del interior del baúl dejaron paralizado al temerario fotoperiodista que ya había tentado su suerte al bajarse sin tomar ninguna precaución.

“Pensé veinte cosas, pensé en abrir el baúl pero no sabía si quien estaba adentro era gente buena o un criminal armado. ¿Y si salía disparando, pensando que yo tenía que ver con su encierro? Por fin, el sentido común tomó el mando y Dennis salió en busca de ayuda.

“Tuve suerte pues de camino venía una patrulla de la policía. Los detuve y les expliqué lo que ocurría”, narró Dennis exaltado.

Los oficiales se hicieron cargo del asunto y con una “pata de cabra” abrieron el baúl. Hasta ese instante el fotoperiodista no había grabado al hombre que acababa de salvar.

“Cuando iban a abrir el baúl me acordé de la cámara. ¡Espérate voy a grabar esto, fue lo que pensé”! En el baúl encontraron a una persona con varias puñaladas en el lado derecho del torso.

Aprovechando el retraso del huracán, el hombre, médico de profesión, había salido a comprar más hielo para preservar sus alimentos. Mientras guardaba el hielo en el baúl un individuo se metió en el vehículo, luego de asaltarlo lo apuñaló dejándolo por muerto en aquel lugar.

El hombre detuvo el sangrado con el hielo hasta que escuchó a una persona cerca del auto y golpeó para llamar su atención. Si la tormenta hubiera llegado cuando se esperaba, aquella noche seguro habría muerto ahogado por las inundaciones que más tarde se reportaron.

Dennis volvió a saber del médico a través del periódico, semanas después de que le salvara la vida. Este acudió al Cuartel General de la Policía para hacer un boceto de su asaltante y mientras se dirigía al segundo piso vio al criminal haciendo fila en la ventanilla para solicitar un certificado de buena conducta. La nota del periódico dio cuenta de cómo la policía esperó paciente a que se le expidiera el documento y a la salida del cuartel fue arrestado.

La muerte se volvió a encontrar años más tarde con el médico en una cita impostergable que nada tuvo que ver con aquella madrugada del 18 de septiembre. Se fue de este mundo sin agradecer a quien le salvó la vida aquella mañana.

Dennis nunca se vanagloria de su proeza. Lo suma a la extensa lista de anécdotas de su productiva carrera como fotoperiodista. A mí siempre me sirve para honrar en la semana de la prensa a fotoperiodistas de su calibre. ¡Feliz semana!


Sobre Daisy Sánchez
Daisy Sánchez

Su labor profesional en el campo del periodismo y la investigación le han merecido varios reconocimientos. Dos de sus libros han sido premiados: "Cita con la Injusticia" y "La que te llama vida: In?


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